lunes, 18 de mayo de 2020

SOMOS LA FUERZA DEL TRABAJO


Qué pensar y en quién creer, no lo sé. En general habita una sensación de incerteza con mayúsculas, una incerteza de aquello que vendrá, de lo que nos espera. Miedo. Un miedo que está teniendo un papel importante en todos los hogares, y no es para menos, pero que tampoco es el mejor aliado. Estamos ante un miedo promovido y patrocinado por todos los medios de comunicación, que día tras día, nos abruman con un exceso de información, sin saber la magnitud, utilidad y veracidad de cada una de las noticias y opiniones. Echo de menos un periodismo profundo, crítico, ético y de investigación, que sea capaz de informar del por qué de lo sucedido.




¿Qué habrá detrás de toda esta situación de alarma social ante un virus del que muy poco sabemos de dónde vino y cómo surgió? Lo que sí es cierto, y patente, es la realidad en la que nos encontramos y me refiero más concretamente dentro del ámbito laboral y que los medios solo lo asocian a la caída de la economía. Poco me importa que los medios repitan continuamente que la economía se siente afectada y que por indicaciones del gobierno esta debe ser atendida con medidas urgentes y extraordinarias para hacer frente al impacto económico y social. Ignorando en su análisis una realidad que no podemos negar: que esa economía se sostiene por la clase obrera, y que, por tanto la realidad es otra mucho más dura, que el principal impacto de la pandemia sobre la economía es el que está sufriendo el sector más vulnerable en el ámbito laboral. Nos siguen golpeando con los trabajos precarios que se mantienen desde hace décadas, debido a unas reformas laborables totalmente ineficaces para afrontar el problema de una juventud sin empleo, con la consecuencia conocida de que cada vez son ya más los jóvenes que perciben unos salarios cada vez menos acordes al precio de los productos y servicios esenciales. Es intolerable permitir que se llenen la boca de bonitas palabras cuando se refieren a tomar medidas sociales en defensa del empleo, porque es un insulto en toda regla.




Los famosos ERTEs (Expediente de regulación temporal de empleo) no han podido estar peor regulados y gestionados por la administración. Desde el ámbito que conozco, una vez más, las leyes y decretos publicados no están ajustados a la realidad laboral del momento, esa que vivimos las trabajadoras. No sé cuáles son los agentes sociales a los que se acogen para realizar el estudio y análisis de la situación para, posteriormente, redactar, determinar, pactar y publicar la normativa. Pero, ¿qué mejor agentes que las propias afectadas, es decir, las trabajadoras?. 

La exhoneración de las cuotas a la seguridad social que las empresas han recibido, como una de las medidas de ayuda para paliar la situación de cierre temporal, ha supuesto una disminución de la recaudación pública y un alivio para las empresas. Pero en ningún momento se han garantizado los salarios de las trabajadoras que,  ajenas a su voluntad, se han visto obligadas a dejar de trabajar y de percibir el salario que venían percibiendo, sin olvidar, eso sí, las obligaciones que tienen como ciudadanas en continuar pagando mensualmente el alquiler o la hipoteca y los recibos de agua, luz, gas, etc., etc. Es evidente que solo les importa recuperar la actividad económica, ayudando a las empresas y olvidando, o dejando en un segundo plano, que nosotras somos la fuerza de trabajo que necesitan.




Estar afectada como trabajadora por ERTE, ha supuesto una reducción mínima de nuestro salario del 30%.  Teniendo en cuenta los topes máximos de la prestación por desempleo, en la mayoría de los casos esta reducción ha sido superior a ese treinta por ciento, llegando a ser de hasta más del 50%. Lo que ha sido totalmente insuficiente para poder cubrir económicamente nuestras necesidades mínimas para vivir dignamente.  

Por otro lado, no hay que olvidar el papel que ha tenido la tecnología digital en estos momentos, y que de alguna manera ha podido sustituir los trámites prensenciales en las oficinas de la administración pública, facilitando la presentación telemática de muchos trámites administrativos, una práctica que ya hace unos años se ha ido implantando progresivamente, quedando anulada la comunicación directa y personalizada. La tecnología ha ayudado en la rapidez de la presentación telemática, pero, paradójicamente, no en la inmediatez del pago de las prestaciones, habiendo en estos momentos trabajadoras que aun no han recibido pago alguno. Vete a saber donde reside el problema...




El teletrabajo ha sido el alivio para muchas trabajadoras, permitiéndoles conciliar la vida familiar con la laboral. Sin lugar a dudas, el teletrabajo deja una puerta abierta al empresario, y lo que en estos momentos ha sido una prueba piloto por la situación forzada, seguramente que en el futuro comportará nuevas formas de relación laboral a bajo coste en muchos sectores económicos.

Nos hemos dado cuenta cómo todo un país puede pararse económicamente cuando toda la clase obrera no acude a su lugar de trabajo, un indicador significativo de que el poder está en la propia clase obrera, siendo esta clase el motor que hace funcionar el capitalismo. 

Aprender de todo aquello que nos sucede es importante siempre que sepamos analizarlo y no percibirlo como algo natural que ocurre porque sí, necesario para poder crear nuevas prácticas sociales más justas, necesarias para mejorar nuestras vidas. El empoderamiento y la desobediencia  posiblemente puedan ser las primeras a asumir de forma consciente. Como dice el refrán quien mucho duerme, poco aprende, si no despertamos y nos ponemos a pensar y a obrar, no seremos capaces de abrir nuevos caminos, pero sí de permanecer donde estamos ahora. Ese interés de supervivencia y de salvar nuestro confort, un confort enmascarado y maquillado por una publicidad engañosa, solo generará más división y fractura entre la clase trabajadora.


Lola López
La Guerrilla Comunicacional




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