lunes, 16 de noviembre de 2020

LA MUJER DEL CÉSAR


Realmente vivimos tiempos extraños. Tiempos que la mayoría de nosotros hubiésemos imaginado vivir, con momentos que parecen sacados de las mejores películas (de todos los géneros, desde las de terror a las de ciencia-ficción, pasando por las cómicas). Cada día, levantarse, ir a trabajar (si se puede), escuchar-ver-leer las noticias,… se ha convertido en un deporte de aventura, por no decir de riesgo. De riesgo sobre todo para la salud mental.

Estos tiempos raros y nuevos llegan llenos de desconcierto, de contrariedades y en muchas ocasiones de desesperanza. Gestionarlos no es cosa fácil para nadie, y seguramente menos para los gobernantes, que además de administrar sus propios miedos han de procurar ofrecer situaciones que mitiguen los de la población. Pero ello no es motivo para obsequiarnos con momentos en los que la inteligencia y la dignidad personal y colectiva se ven seriamente afectadas.

Acaso sea la ingenuidad la que me lleva a preguntarme cosas, algunas chocantes y otras que parece ser que no les damos importancia, quizás porque, desgraciadamente, ya hemos aprendido a normalizar casi todo. Como ejemplos de dudas se me ocurren:

 

  • Tenemos un rey emérito (según el diccionario, “emérito”: Persona que se ha retirado de un empleo o cargo y continúa ejerciendo o disfruta algún premio o compensación como reconocimiento por sus méritos) demostrado mujeriego, acusado de fraude multimillonario en beneficio personal, por lo que todos los millones de euros que se quedó él no han ido a parar a los ciudadanos ¿Cómo puede ser que los representantes del pueblo en el congreso ni siquiera se pongan de acuerdo para pedir investigarlo? Y lo que es peor, cuando un rey, como jefe de estado, parecería ser ejemplo de comportamiento ¿cómo puede ser que ante tal atropello despilfarrador aún queden tantos habitantes de este país monárquicos?


  • En los días que vivimos, en los que “por la lucha contra la pandemia” han conseguido filtrarnos el miedo y la responsabilidad a gran parte de nosotros en forma de mascarillas perpetuas, no ver a familia ni amigos si somos más de 6, no salir del pueblo donde vives, ni de tu casa por la noche, no ir al bar ni al restaurante porque los cerraron,….¿cómo se organiza una cena-fiesta con 150 personas, en sus mesitas redondas tan cucas, si de distancia y recogimiento va la cosa? Una cena organizada por personas ultraconservadoras, envenenadoras mediáticas y sublimes representantes del capitalismo más feroz. Una cena suntuosa, que mientras transcurría entre derroche y pompa, afuera se seguían deshauciando familias a quienes la precariedad les ganó la partida. En mi pueblo siguen muchas personas rellenando garrafas de agua en las fuentes públicas porque ya no les llega a sus casas; las colas para pedir alimentos se alargan cada día porque las medidas antipandemia (que dictan los que están sentados cenando dentro) han transformado muchas precariedades en miseria; miles de trabajadoras ya no lo son, han perdido sus trabajos y no llegan nunca las ayudas prometidas… Ahí está esa cena a la que asisten la flor y nata de las cúpulas dirigentes del país, incluyendo entre otros muchos al ministro de sanidad. Sí, ese mismo que acababa de salir en la tele dándonos todas las instrucciones anteriores, apelando a la sensatez y a la colaboración ciudadanas. Igual es porque en estas altas esferas, cuando organiza lo más reaccionario y rancio del país y asisten a dar beneplácito con su presencia quienes se autodefinen progresistas y de izquierdas, en realidad es donde decide el capital, y a ése no hay virus que le desgaste.

     

  • Y seguimos con las dichosas medidas (aunque aceptadas y aplicadas como buenos y juiciosos conciudadanos). Llevamos obligatoriamente mascarilla, tenemos ya la cara con granos perennes; las barbillas que les salen hasta pelos a las señoras; una visión borrosa constante por las gafas empañadas que ya nos hace pensar que vivimos en Londres, siempre con niebla; las orejas transformándonos en elfos dependiendo de la goma que nos toque,….pero no pasa nada, todo sea por la causa. ¿Y cómo puede ser que el presidente del gobierno, que acababa de salir también en la tele a recordárnoslo, con su boca reglamentariamente tapada, se vaya con su señora a ver al Papa de Roma y se reciban mutuamente con el morro al aire, sin mascarillas ni distancias? Aparte de la envidia del momento, porque ya ni nos acordamos cómo es hablar con otro sin que te rebote la voz, me preguntaba si el Papa tiene algún trato divino (o aéreo) de no-agresión con el virus. De lo contrario, hay que tener cuajo como presidente para volver a la tele al cabo de unas horas a seguir pidiéndonos mascarillas y distancias.


  • Otro de nuestros representantes televisivos, el sanitario Dr. Fernando Simón, también nos ofrece momentos estelares y alguna duda. Un personaje desconocido hasta ahora por la mayoría de nosotros, y que ya lo hemos incorporado a nuestras vidas como un referente más para nuestras conductas. Comedido, moderado y atento nos ilustra constantemente sobre el panorama pandémico, conminándonos a la prudencia y buenas praxis. Y en una entrevista, a la pregunta de “a quién tiene más miedo, si a las enfermedades o a las enfermeras infecciosas”, se revela como un auténtico fracaso como hombre, como médico y como cargo público. Lo tuvo en bandeja para dejar en evidencia a los entrevistadores, a quienes personalmente creo que habría que recordarles algunas cosillas sobre el humor y los juegos de palabras, y aprovechando que son jóvenes, aún tienen tiempo de aprender a ser personas dignas. Pero no, el doctor Simón cayó en la trampa fácil y entró en el juego machista, obsceno y jocoso sin despeinarse. ¿Con qué cara miro yo (mujer y enfermera orgullosa de mi oficio y de mi género) a este individuo al día siguiente en la tele repartiendo sensatez y consejos a partes iguales?

     

Solo son unos cuantos momentos recogidos al vuelo, porque son muchos, muchísimos los que van apareciendo cada día en este país.

Nos piden que colaboremos hasta el infinito y más allá en cualquiera de las decisiones tomadas por los políticos y técnicos varios, a menudo confusas y a veces contradictorias. El desconcierto que originan en ocasiones deja paso al bochorno, porque “lo que dicen” y “lo que hacen” no solo no concuerda, sino que están en las antípodas de la coherencia. La hipocresía y el doblez repetido no ayudan a conseguir confianza. Y es que siempre nos han dicho que “la mujer del César no solo deber ser honrada, sino también parecerlo”

Quizás deberíamos reflexionar más cuando conocemos detalles como todos los anteriores, husmear un poco entre las posibles razones que los acompañan. Igual descubrimos despropósitos encubiertos, que con un poco de suerte van haciendo que reconsideremos cómo pensamos, cómo actuamos, de qué nos reímos, a quién votamos,…. Nosotros seguiremos colaborando como individuos y como sociedad en todo aquello que se nos solicita, aun sabiendo el alto coste que conlleva en ocasiones, pero por responsabilidad colectiva. Y con la tranquilidad de sentirnos una buena esposa del César.

 

Pilar Parra

La Guerrilla Comunicacional

 

 

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

ENTRE ESCUCHAR Y OíR

 

Pisar el freno y relentizar las idas y venidas apresuradas de nuestro día a día para poder contemplar y analizar en silencio lo que nos rodea es una tarea imprescindible para una misma. Pero preocupada caminando entre los vocablos escucharnos y oirnos pienso cuántas veces hemos callado a quien intentaba explicarnos algo interrumpiéndola con nuestra opinión sobre ese mismo tema, acallando así sus palabras. Hay males contagiosos entre los humanos que nos distancian cada vez más, y uno de ellos es el no saber escuchar, porque en la gran mayoría de las ocasiones solo mantenemos la actitud de oir.


Encapsularnos en nosotros mismos no es una actitud que ayude a avanzar en la batalla para trabajar por los cambios sociales, cambios que se hacen cada día más urgentes y necesarios. Encapsular ha pasado a formar parte de mi vocabulario diario porque es la similitud que encuentro entre el comportamiento de la gran mayoría de la gente y dicha palabra. Según el diccionario de la R.A.E. significa meter en cápsula o cápsulas, y cápsula, en sus diferentes acepciones, siempre está relacionada con envoltura, cubierta o membrana. Encapsular equivaldría a una acción de protejer o de protejerse de algo externo. Y así es como observo el comportamiento actual del ser humano: protegerse individualmente ante cualquier factor externo que vaya a dañarle, tanto fisica como psíquicamente. De todo ello deduzco que la actitud de encapsularnos aumenta la falta de capacidad en saber escuchar.

Y para rematar el asunto, hemos tropezado con un virus amenazador para el ser humano que según dicen los expertos la mejor manera de combatirlo es mediante el aislamiento y el distanciamiento, para así evitar su contagio y propagación. Pienso que este virus no ha llegado en el mejor momento para nosotros, en un tiempo donde se manifiesta de manera evidente nuestra incapacidad de relacionarnos, fuera de las fiestas y encuentros familiares, un tiempo por tanto mucho más difícil para poder analizar y cuestionarnos colectivamente, socialmente, el porqué y el qué hacer con nuestras vidas.

Eso sí, hay que reconocer que el virus ha ayudado a evidenciar la vulnerabilidad del sistema capitalista que nos ha hecho creer en una sociedad intocable y perfecta, en el horizonte del final de la historia, y aquel que aun no se ha percatado creo que no solo no sabe escuchar sino que además está totalmente ciego. Pues hace ya tiempo que somos marionetas manejadas por el capital, con una obediencia absoluta a todo aquello que nos amenaza con perder un bienestar fantasmagórico que nos hace creer ser dueños de mucho por el simple hecho de tener un trabajo, aunque sea precario, y llegar a final de mes, aunque sea tirando de la targeta de crédito, y de poder pensar que siempre hay quien se encuentra en una situación peor que la de uno mismo.

Es sorprendente si analizamos la situación en la que muchos de nosotros nos hemos visto obligados a dejar de trabajar para pasar a formar parte de los llamados ERTOs, un periodo de precariedad económica al que se han visto afectadas tantas familias. Todos sabemos que mientras el gobierno ha otorgado ayudas económicas a las empresas durante este periodo nosotros hemos sido obligados a dejar nuestros trabajos y las empresas han dejado de pagar las cuotas a la seguridad social en un 100% inicialmente, pero en cambio los trabajadores han visto reducido su salario habitual en un 30%. En este mismo momento el gobierno tenía que haber ampliado las medidas de ayuda: primero para garantizar el 100% de los salarios y en segundo lugar exhonerando de los pagos de los recibos de luz, agua, gas, teléfono, etc. Y ¿por qué no se lo han planteado? Será porque las empresas encargadas de suministrarnos estos servicios básicos son privadas y muy influyentes, o bién será porque los políticos pensantes no pagan dichos servicios básicos, como me decían de pequeña "cuando te pongas en el lugar de la otra persona serás capáz de entederla". Entonces quizás en este momento podríamos pensar que si estos servicios básicos hubieran sido públicos y no privados, es decir gestionados directamente por el Estado habría sido más fácil todo. Por eso, ahora, podríamos estar de acuerdo con aquellos que pensábamos que eran unos locos cuando pedían a voces que estos servicios esenciales para una vida digna fueran públicos y no privados.


A la llegada del otoño, precioso por sus colores y sus formas, de nuevo el virus incontrolable está presente, y después de una tregua durante los meses de verano se ha dispuesto a atacar de nuevo, tal y como nos los adviertieron los expertos en su día. Entonces si ya lo preveian, ¿por qué no se ha mejorado en las carencias sanitarias que experimentaron en la primera fase del virus? Si comparamos, en nuestros trabajos cuando surge un problema de gestión de cualquier tipo en seguida se nos exige una solución para corregir y prevenir futuros problemas. Claramente nuestros gobernantes no se han tomado el trabajo en serio y no han sabido hacer los deberes que les correspondían.

La sanidad pública tiene que ser una garantía universal, por y para toda la población, no nos dejemos comprar a cualquier precio, nos están vendiendo la moto con los anuncios publicitarios de la compañías privadas de servicios médicos que se anuncian cada vez más en las diferentes cadenas televisivas, haciéndonos creer que son ellos los que velarán por nuestra salud y la de los nuestros. Tengamos presente que aunque contratemos este tipo de servicios médicos a una compañía privada esta será aun más precaria que la pública, porque ante una enfermedad larga que comporte un tratamiento prolongado, seguramente este estará limitado en el tiempo y te dejarán abandonado o precariamente atendido llegado el momento. Por eso nuestra lucha está en defender una sanidad pública, universal y que garantice una sociedad saludable.

Escucharnos. Escuchar. Para pensar con más criterio y luchar con más argumentos por el mundo que soñamos.

 

Lola López

La Guerrilla Comunicacional