martes, 24 de marzo de 2020

TENGO ALGO QUE CONTARTE (36)

Correspondencia entre dos mujeres


TE HE TEJIDO UN SUÉTER


Mi amiga,

ya ha pasado el invierno. Ya sabes que es esa estación que a mí siempre me sobra, el frío y yo no acabamos de entendernos y eso que a mi edad ya he tenido tiempo para acostumbrarme, porque llega cada año. Pero así somos de cabezones los dos, él por insistir sin faltar nunca a su cita y yo por enojarme con él cada vez que llega. Vuelven las capas de ropa, la humedad en el ambiente que se cuela por cada poro y rendija hasta ir encogiéndote poquito a poco. Vuelven las pocas horas de sol, aunque es cierto que cuando está es como un tesoro, cálido y agradable. El otoño se llevó consigo el vestido de buena parte de la vegetación dejándola desnuda y gris, y este sol invernal confiere una luz que la viste de transparencias, le da vida a lo que parece muerto. Ahora, de la paleta de colores naturales, ya empieza a ser el verde el que predomina.




¡Tengo tantas cosas que contarte! Se van sucediendo tantísimos asuntos que me van atropellando en urgencia y ganas de explicarte. No sé muy bien cómo ordenarlos, porque cada uno que llega solapa en importancia al anterior.

Nos pasó el temporal Gloria (qué ironía de nombre a un efecto tan destructivo, ¿verdad?). Fue una tormenta de pocos días, durante la que pensé mucho en tí, en vosotros. Me hice una idea muy clara de cómo deben ser de terribles vuestros huracanes, tan frecuentes e intensos. Imaginaba que si a nosotros nos dejó arrasados campos, nos desmontó vías ferroviarias y puentes, nos inundó pueblos y el mar nos invadió como huésped no invitado en paseos y casas; como sería cuando a vosotros se os gira la furia de los elementos en contra con todo su arrebato y con toda la cola de consecuencias que va dejando. Al final todos vamos aprendiendo (o deberíamos), que nuestro engreído poderío es bien chiquitín ante las fuerzas que no controlamos, y en eso la naturaleza es la number one.

Ahora mismo tenemos entre manos otra patata caliente: el coronavirus. Ese bichito tan minúsculo que está poniendo en jaque a gobiernos, sistemas sanitarios, economías, actitudes y pavores de la población. No entraré de ninguna forma en debates alternativos que circulan sobre posibles causas intencionadas, o sobre intereses poco claros en su gestión, porque éste sí que es terreno abonado a las elucubraciones, que al menos yo, no estoy en condiciones de mantener ni defender, por escepticismo al respecto y por desconocimiento de todas estas teorías. Sólo te hablaré de la realidad manifiesta, la que vamos viviendo al día.

Resulta que el bichejo en cuestión, que se presenta en sociedad en China, tiene ansias de ver mundo y se va trasladando e instalando en cuantos países le apetece. Al principio el pueblo chino quedó en el punto de mira mundial, señalándolo con dedo acusador de ser causante de la epidemia y de su mala contención. Debió demostrar al mundo que era capaz de medidas rigurosas, disciplinadas y colectivas, pero aun así, cruzarse aquí con individuos de ojos rasgados (no importaba si habían nacido en Pekín o en Cuenca), provocaba reacciones de lo más kafkianas y deshilvanadas en una sociedad, que dese aquí, se lo miraba con ojos de lejanía y crítica.




El espíritu viajero del virus le llevó pronto (haciendo escala en otros muchos sitios) a la bella Italia. Se instala en su norte, su parte más rica, más “europea”. Ahora son los italianos los apestados, pero cada vez el dedo acusador tiene la distancia acusatoria más corta, y en cuatro días nos visita al resto de Europa. Ay amiga, aquí cambia la cosa. Ahora sí que parece que esto va en serio. Ahora ya no tenemos dedos suficientes para acusar a todos y a nadie a la vez. Ahora cada país empieza sus medidas de contención, y ante el fracaso final, acabar por implementar aquellas que el pueblo chino bordó. Aquellas que nos parecían propias “de la dictadura comunista”, ahora son las nuestras, las que vemos como justas y necesarias. Quedamos confinados en casa reduciendo al mínimo la actividad social, y como primera medida nos sacaron al ejército y todos los cuerpos policiales a la calle. Primera sorpresa, no sabía yo si querían matar el virus a escopetazos, porque en realidad lo que nos faltaba era material sanitario. Resultó ser para hacer cumplir las órdenes del confinamiento, porque lo que el pueblo chino hizo (y sigue haciendo) casi voluntariamente, aquí aún hay a quienes les cuesta entender eso de que el bienestar personal no debe estar por encima del bien común. Las fuerzas armadas ahora también ayudan en tareas de limpieza y transporte, cosa estupenda, y que a falta de maniobras militares que hacer o de contienda que librar a la vista, también les proporciona actividad. A todo esto, el virus sigue progresando a sus anchas en su ciclo natural y mortífero, se sigue llevando a los abuelos más débiles, y riéndose a carcajada limpia de nuestras brechas organizativas.

Hoy, aunque imposible obviarlo, no quería hablarte exclusivamente del maldito virus. No me puedo escapar a referirlo porque el 99% de la información que nos llega desde cualquier medio (televisión, radio, redes sociales,…) está dedicada a él. Esta grave crisis lo ocupa todo, nuestras recluidas vidas en casa sólo parecen alimentarse de esta pandemia. Me pregunto estos días si ya acabó la guerra en Siria; si los millones de gentes refugiadas ya no lo están y volvieron a sus casas; si las pateras cargadas de desesperados siguen naufragando en el mar, si alguien las siguen rescatando; si en África ya todo el mundo come ….En fin, si todas estas personas que hasta ahora existían siguen existiendo y si los problemas que había ya no los hay. ¿El virus también pasa para ellos, o al no tener casa donde confinarse decidió pasar de largo? Europa ha cerrado fronteras como medida de contención sanitaria. ¿Habrán notado alguna diferencia todas estas gentes, o como para ellos siempre estuvieron cerradas nadie les ha dicho ni que corre un virus? Son pequeñas dudas que me asaltan a menudo, porque de repente hemos dejado de saber sobre una parte del mundo. Y lo peor es que estamos tan concentrados en nuestra angustia vírica que tampoco nos interesa lo más mínimo. Es un momento crudo y angustioso para todos, del que ahora no deseo seguir contándote. Cuando haya pasado y todos podamos respirar un poco, hablaremos largo y tendido sobre este tema, seguramente desde el sosiego necesario.




Sí te cuento sobre otro tema que nos queda eclipsado con esta marabunta: nuestro rey emérito. Amiga mía, los republicanos de este país no estamos de suerte, pero creo que los monárquicos tampoco. Por cierto, ¿no te parece una monárquica ironía lo del “coronavirus”, cuando parece que sobre este estado se haya abatido un virus con corona? Estos días tenemos noticias (dentro de ese 1% que deja libre el bichejo) sobre las actividades corruptas de Juan Carlos I. Parece ser que son de escándalo los turbios negocios con los jeques árabes (entre otros), la fortuna que amasa y esconde en paraísos fiscales, los líos de faldas con gratificaciones millonarias,…en fin, lo que se dice “una conducta ejemplar como jefe de estado” no parece ser precisamente. Y lo más triste es que como la Constitución recoge que "la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad", y que no tenemos una mayoría del Congreso éticamente íntegra y progresista, pues no se pudo crear ni una comisión de investigación sobre el tema. Sí señora, increíble pero cierto. El rey en activo, hijo del protagonista del affair, dirigió un discurso a la población el otro día, en el que algunas mentes cándidas pensaban que daría alguna explicación al respecto; pero como era previsible todo giró en torno al virus dichoso y en lo buenos patriotas que somos todos (se le olvidó decir “y lo tontos” que somos o nos considera), porque si no, no se explica este silencio como respuesta a acusaciones tan graves. Ah!, también le retiró la paga y casi la pertenencia a la familia real, que no parece ayudar mucho a la idea de que no pase nada, ¿verdad?, pero con el grave momento sanitario que vivimos, su corona ha quedado diluida entre la de los virus.

Y aunque hasta ahora te haya contado sobre tantos temas que nos atropellan, en realidad y sobretodo quería hablarte sobre nosotras; sobre los malos momentos en salud a superar, sobre la tremenda fuerza que se saca de no se sabe dónde para luchar contra la adversidad; de lo afortunadas que somos por tener unos sistemas sanitarios tan buenos; de lo lejos que estamos y de lo que nos queremos, mandándonos ese cariño océano arriba y abajo pero llegando siempre los ánimos, los abrazos y besos, quién sabe si transportados por olas y nubes cómplices.

A mí este caos mundial me ha sorprendido ya recluida en casa, con un pie operado y caminando de forma ortopédica como pato mareado. Nada importante ni grave, solo lento y molesto. A ti te sorprendió también operada, descubriendo la manera de no dar cancha a la enfermedad, y haciendo del ánimo una madeja delicada, a punto de romperse a veces, pero de hilo irrompible e infinito, capaz de ir envolviendo y fortaleciendo las situaciones más frágiles. Y en medio de este gran caos mundial, se van librando los pequeños caos personales y domésticos. La ciencia nos acompaña y nos ampara; el resto, la resistencia, la positividad y las ganas las ponemos nosotras. Hemos hablado y coincidido muchas veces sobre este tema, cuando decimos que la parte más íntima, más anímica, más emocional es una parte decisiva sobre la física, la orgánica. ¿Recuerdas cuánto hemos reflexionado sobre ello? ¿Y como reafirmarlo nos apuntalaba mutuamente? Pues bien, amiga mía, ahí seguimos apuntaladas, en la lucha sin cuartel a la enfermedad, y devanando constantemente esa madeja de ánimos, tejiendo ese infinito hilo para que no se rompa, tejiendo y tejiendo un lindo suéter que te abrace cuando lo necesites. Es lindo de veras, ahí te lo mando, es válido para todos los climas y estaciones. Te lo podrás seguir poniendo cuando haya pasado todo y dirás: ¡pero qué guapa estoy, hay que ver qué bien me sienta el color de los besos!




Mi amiga, te envuelvo el suéter en mi más fuerte abrazo.


vicentita



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